La tarde en que el acero cantó en Peñarol
El sábado bajaba tibio sobre Mar del Plata y la brisa del Atlántico se quedaba corta para refrescar las veredas del barrio. En una de esas esquinas arboladas, el Club Atlético Peñarol abrió sus puertas con el bullicio de los planteles de básquet regresando del entrenamiento, con los chicos de futsal trotando por los pasillos y con una quietud particular en el ala norte, donde se alza la sala de esgrima. Era la antesala de una clase abierta, una invitación que el club había extendido para quien quisiera probar el filo del florete, del sable o de la espada sin compromiso previo.
Los convidados empezaron a llegar con calzado limpio y con la curiosidad dibujada en la cara. Algunos venían recomendados por conocidos del básquet, otros eran padres que buscaban una actividad distinta para sus hijos y unos cuantos habían visto el aviso mientras paseaban por la rambla. Una maestra de escuela trajo a dos de sus alumnos más inquietos, un jubilado se acercó solo para ver de qué se trataba y una pareja joven llegó acompañada por una niña de siete años con una cartera de princesas que contrastaba, sin saberlo, con la solemnidad de los uniformes colgados sobre perchas.
El primer paso al salón de armas
Cruzamos el umbral sintiendo cómo cambiaba el aire. El pasillo que conduce al gimnasio de esgrima huele a cuero curtido, a jabón neutro y a esa resina liviana que se adhiere a las puntas de los floretes nuevos. A la entrada, una cartelera repasa los principios del saludo atlético y muestra fotografías en blanco y negro de tiradores que hicieron historia en el club, deportistas que alternaron la pista con la cancha de básquet en distintas décadas. Esa ascendencia compartida le da a la sala una sensación de continuación, como si cada asalto heredara algo de los anteriores.
Adentro, la pista se extiende con su línea central impecable, los cables de los aparatos eléctricos tensados y un carrito cargado de caretas, petos y guantes aguarda en la cabecera. Las hojas, descansando en sus soportes, captan la luz cenital y la devuelven con destellos breves. Una de las asistentes acomoda los marcadores digitales mientras otro voluntario termina de marcar con tiza las líneas de comienzo. Todo respira orden, pero también expectativa, porque la sala sabe que en pocos minutos varias personas que nunca empuñaron un arma blanca van a ponerse la careta y a cruzarse en el rectángulo.
Desde una de las bancas, un veterano con camisa del club observa con la sonrisa cómplice de quien ha visto muchas escenas parecidas. A su lado, un chico de catorce años ajusta los cordones de su zapatilla y cuenta, en voz baja, que el mes pasado ganó su primer combate federado. Son detalles mínimos, pero bastan para entender que en Peñarol la esgrima no es una rareza: es una tradición amable que convive a diario con los saltos del básquet profesional.
La voz del maestro y los ritos del calentamiento
El encargado de abrir la jornada es Mauricio Vázquez, profesor titular del área y ex tirador de los seleccionados juveniles. Lo hace con el tono sereno de quien ya vio a cientos de principiantes dar su primer paso atrás en la guardia. Explica las reglas básicas con paciencia: la distancia, el respeto por el adversario, el porqué del saludo inicial. La concurrencia lo escucha de pie, en semicírculo, algunos todavía con la cámara del celular en la mano.
Después llega el calentamiento, que es casi una coreografía. Movilidad articular de cuello y hombros, rotación de muñecas, ejercicios de equilibrio sobre un pie, desplazamientos laterales y una secuencia de pasos adelante y atrás que termina en carcajadas cuando varios se enredan con su propio pie. El maestro corrige a uno por uno, baja la espalda de la jubilada que se propuso intentarlo, le celebra a la niña un desplazamiento limpio y le recuerda al padre más entusiasta que en esgrima no se golpea al compañero, se le gana con astucia.
Cuando los cuerpos ya están despiertos, llega el momento de colocarse el equipo. Tomamos la chaqueta, la ceñimos, ajustamos el cuello y bajamos la careta hasta sentir el aire reducido a una rejilla. La transformación es inmediata: quien hace un momento era transeúnte se convierte en tirador. Vázquez pide respeto por ese instante, pide que antes de cruzar hojas cada uno pise la línea, mire al rival y ejecute el saludo con la mano armada.
Guardia, finta y toque: el alfabeto del florete
La primera lección técnica empieza con la guardia. La maestra Marta, auxiliar del profesor, toma un florete y desmenuza las posiciones: sexta, cuarta, séptima, octava. Para los principiantes alcanzan dos, así que la consigna es pararse con la punta del arma ligeramente elevada, el codo relajado y la mano no dominante extendida hacia atrás para mantener el equilibrio. En ese instante, el cuerpo descubre una geometría nueva, una asimetría estudiada que se siente extraña y enseguida reconfortante.
Más tarde se incorpora el vocabulario del desplazamiento. El paso adelante se ejecuta con el pie delantero, el retroceso con el trasero, siempre rozando la pista para no perder el eje. Vázquez pide que cada tirador cuente en voz alta: uno, dos, tres, fuera, y el salón entero empieza a murmurar cifras como si rezara. Después llegan las fintas, esos amagues con la punta que engañan al rival, y la parada más simple, la cuarta, que consiste en cruzar la hoja del adversario para iniciar el contraataque. Cuando por fin se autoriza el toque, las puntas de los floretes emiten un chasquido corto contra las chaquetas y los marcadores registran los primeros puntos.
Algunos asistentes descubren enseguida que la esgrima es, en gran medida, un juego de lecturas. Hay que mirar los hombros, las caderas, hasta el ángulo de la muñeca contraria, porque ahí se anuncia la intención del adversario antes de que la hoja se mueva. Otros, en cambio, simplemente gozan del ritmo del intercambio y del sonido del acero rozando acero, un timbre limpio que se suma al rumor del club, a los gritos lejanos de las Inferiores y al repiqueteo de los balones que aún entran y salen del campo principal.
Cuando se cruzan las hojas: el asalto final
Tras media hora de técnica, llega el momento que todos aguardan: el asalto. Se arman tres pistas paralelas y los emparejamientos son deliberadamente heterogéneos, porque Vázquez quiere que cada principiante comparta tira con alguien de mayor experiencia. La niña del bolso de princesas se mide con un cadete del club que la supera por tres cabezas. El jubilado se enfrenta a una estudiante de educación física que lo trata con una cortesía que lo conmueve. La maestra rural cruza hoja con un abogado que, según confesará después, solamente quería hacerse el interesante en una clase de sábado.
Los gritos de tocado se mezclan con aplausos breves cada vez que alguien firma su primer tanto. Hay risotadas cuando un florete sale despedido y rueda por el piso, y silencios concentrados cuando dos principiantes descubren, casi por accidente, los tiempos del doble toque y la prioridad. Un padre que vino a acompañar a su hijo termina pidiendo turno, se calza la careta y, tres asaltos después, sale del rectángulo con los ojos brillantes. Vázquez interrumpe cada cierto tiempo para recordar el puntaje y reforzar la idea de que en esgrima se gana, se pierde y se vuelve a empezar con la misma elegancia.
Antes de quitarse la careta, cada pareja ejecuta el saludo final, se agradece mutuamente y se felicita por los puntos obtenidos. Es un detalle pequeño que en el contexto del club funciona como una declaración de principios: la cortesía no se disfraza, se entrena, se exhibe y se contagia.
Lo que el club siembra con cada clase abierta
Más allá del florete, la tarde deja una huella en el vínculo entre Peñarol y sus vecinos. La institución, vertebrada alrededor de su primer equipo de básquet, se sostiene gracias a una red de disciplinas que funcionan como pequeñas puertas de entrada. Quien se inicia en esgrima termina preguntando por las escuelas de fútbol infantil, por los horarios del futsal femenino, por los cursos de gimnasia artística que comparten el ala este del edificio. Este deporte abre, en muchos casos, el primer tramo de un recorrido mucho más largo.
El club entiende que cada clase abierta es también una manera de devolver algo a Mar del Plata. Los maestros trabajan ad honorem en buena parte de estas jornadas, los tiradores juveniles ofician de sparrings solidarios y las instalaciones se ceden sin cargo para que nadie quede afuera por motivos económicos. Es una forma de militancia deportiva que reconoce la tradición del barrio y la proyecta hacia adelante, formando tiradores que quizá en cinco años defiendan los colores del club en torneos regionales.
Una tarde de esgrima en Peñarol es entonces mucho más que un ensayo con hojas de acero: es un retrato fiel de la identidad del club, hecha de comunidad, exigencia, pertenencia y la convicción de que cada nuevo tirador merece una pista donde aprender a respetar al rival y a comprometerse consigo mismo.
Recomendaciones prácticas para sumarse a la próxima clase
- Llegar quince minutos antes del horario previsto para registrar asistencia y recibir el equipo.
- Vestir ropa interior larga, medias altas y zapatillas limpias, sin taco ni suela marcada.
- Comer ligero en las dos horas previas y mantener una botella de agua a mano.
- Tomar nota del nombre del maestro y de los horarios semanales para evaluar la continuidad.
- Asistir con un acompañante adulto en caso de ser menor de doce años.
El Club Atlético Peñarol de Mar del Plata invita a sus socios, vecinos y visitantes a sumarse a la próxima clase abierta de esgrima, que se repetirá cada mes en la sala del ala norte. Las inscripciones se realizan a través de la página oficial del club y los cupos son limitados para preservar la calidad del entrenamiento y la atención personalizada.
Cualquier persona interesada puede presentarse con ropa cómoda y curiosidad: el club provee el equipo completo, la careta, el arma y la merienda compartida al final de la jornada. Es una forma sencilla de acercarse a un deporte centenario, de conocer a la comunidad que lo sostiene y, sobre todo, de descubrir que en la pista también se aprende a mirar al otro con la misma firmeza con que se sostiene el florete.